Álvaro Santana, alumni 2019: “Hay cosas que uno puede estudiar, pero conocer una vulnerabilidad social tan grande como la de Alto Hospicio, no te lo da otra cosa que tener los pies en la sala de clases” 

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Cuando el mayor sueño de sus estudiantes era completar la educación media, el joven ingeniero entendió que su tarea era ayudarles a imaginar un horizonte más amplio. 

Álvaro Santana es ingeniero civil industrial de la Pontificia Universidad Católica y profesor de Enseñanza Media con mención en Matemáticas de la Universidad del Desarrollo. Actualmente trabaja en el SLEP de Aysén como coordinador de proyectos en el área de Gabinete. 

Conoció Enseña Chile en su primer día de clases, cuando Tomás Recart dio una charla a los novatos de ingeniería. “Yo dije inmediatamente: esto es lo que yo quiero en mi vida”, recuerda. Había entrado a ingeniería con dudas y buscaba un trabajo con un impacto social real, uno que pudiera “evidenciar, sentir y experimentar en primera persona”. Desde ese día supo que, al terminar la carrera, daría ese paso. Y así lo hizo. 

Álvaro hizo clases de Matemáticas por dos años en el Colegio Nirvana de Alto Hospicio, y aunque sabía de antemano que estaría inserto en un contexto de alta vulnerabilidad, conocer de primera fuente esa realidad fue impactante. “Tenía estudiantes que no tenían más que comer, estudiantes que veían la única opción era robar para poder surgir. Estudiantes muy insertos en el mundo de las drogas. Estudiantes que eran explotadas sexualmente. Me acuerdo mucho de un estudiante que estaba de cumpleaños el mismo día que yo, teníamos una diferencia de 10 años, pero él ya era papá con otra de mis estudiantes”, comenta. 

A esto se sumaban las expectativas. “Eran estudiantes con muy poca capacidad para soñar, que solamente veían el colegio como su techo. El mayor sueño de ellos era salir de cuarto medio y yo encontré que eso era demasiado limitado”, explica. En la jefatura de segundo medio que tenía a cargo, la mayoría ya había superado el nivel educativo de sus padres, y en sus hogares no esperaban nada de lo que podían lograr. 

Sin embargo, ese mismo desafío se convirtió en su mejor recuerdo: poder ser un pilar para sus estudiantes. “Si bien muchas veces conlleva conflictos al ponerles límites, al final se dan cuenta de que uno los quiere acompañar, que uno está ahí por más”, relata. Siempre les transmitió que la matemática era solo una excusa para estar frente a ellos. “Lo único que me distanciaba de ellos era que tenía diez años más y había podido estudiar. Pero yo era una persona igual que ellos, con sentimientos, con días buenos y días malos, con errores y con aciertos. Ellos también eran capaces de salir adelante y tal vez un día estar ahí adelante formando a otros chicos”. Y agrega: “Eso es lo que más me gustaba transmitirles”. 

Más que una habilidad específica, Álvaro dice que el programa le enseñó a adaptarse y a trabajar bajo presión, pero, sobre todo, a conocer la realidad. “Hay cosas que uno puede estudiar, que uno puede leer, pero conocer una vulnerabilidad social tan grande como la de Alto Hospicio, o la de otros lugares donde trabajé, como Colina y Aysén, no te lo da otra cosa que tener los pies en la sala de clases”, afirma. Esa experiencia, dice, lo acompaña hasta hoy en su trabajo: “Es muy distinto entender lo que pasa realmente que verlo en un libro, o que calcular las horas de clase sumando y restando, porque en un Excel cabe mucho, pero la práctica es muy distinta. Puedes generar políticas públicas muy buenas en el papel, pero si no conoces la realidad, no van a llegar a ningún lado”. 

Esa mirada la aplica hoy desde su rol como “ingeniero de la educación” y la red de Enseña Chile sigue siendo parte de su día a día. Cuando llegó a Aysén, ya tenía una mentora y colegas esperándolo. Hoy se vincula con la organización a través de capacitaciones y de modelos diagnósticos que trabajan con el SLEP y se rodea de otros alumni que continúan en el sector educativo. “Creo que hay personas muy valiosas que siguen trabajando para que la educación de nuestro país permita que los niños, niñas y jóvenes puedan seguir soñando”, sostiene. 

Finalmente, Álvaro vuelve a la idea que les repetía a sus estudiantes desde el primer día: “Que el techo no sea tener un cuarto medio, que el techo sea cualquiera de los sueños y las motivaciones que ellos tengan. Si quieren ir a Marte, si quieren trabajar en un colegio, si quieren ser futbolistas, técnicos, profesionales, formar una familia, eso se juega cada día en el aula. Y somos nosotros los que tenemos que aportar nuestro granito para que eso se cumpla”. 

Última modificación: octubre 23, 2026

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